domingo, 25 de marzo de 2012

Barranco del infierno. Ruta de los 6000 escalones

La jornada comienza a las 8:30 en el punto de salida Este, donde el rajogrupo parte en dos vehículos: en el primero, abriendo camino, van Victoria, Isa, Víctor y Juan Ignacio, mientras que en el segundo viajan Pepe (¿Pepe? pero, ¿Pepe vino?), Raúl y Fran Frutos.
En paralelo, desde un punto de salida desconocido para el narrador, parten Miguel Díaz y Antonio.

Durante la parte del trayecto que transcurre por autovía no hay grandes incidencias (bueno, salvo que en uno de los coches -no diremos cuál para salvaguardar la privacidad de las conversaciones- al intentar los hombres divagar sobre las posibilidades de salvación del equipo local de baloncesto, son castigados por la parte femenina con una disquisición acerca de los vestidos para las bodas, sus colores y las combinaciones con los diversos complementos).
Durante la segunda parte del trayecto, una vez abandonada la autovía, tampoco ocurrieron grandes incidencias: no terminamos cogiendo la salida del hospital porque fuéramos en sentido contrario e intentáramos recuperar el correcto, no, sino por estudiar el estado de la sanidad en la Comunidad Valenciana; no hablamos con los habitantes de los distintos pueblos por los que pasábamos para preguntar el camino, no, sino por establecer contacto con los autóctonos; no echamos pestes de la falta de señalización en las carreteras comarcales de la zona porque la necesitáramos, no, sino preocupándonos por gente menos ducha que nosotros; no llamamos en repetidas ocasiones a Miguel y a Antonio para saber como leches llegar, no, sino por darles conversación.
Como iba diciendo este humilde narrador, llegamos al bonito pueblo de Fleix sin mayores incidencias, eso sí, un buen rato después de lo previsto, aunque no sabemos muy bien por qué causa. Una vez allí, ya reunido todo el grupo, lo primero que comprobamos es que el progreso y la civilización se van abriendo camino por toda la geografía española: dicen las leyendas de los primeros tiempos rajosenderistas, cuando ya se hizo esta ruta, que no había bar en el pueblo... pues ya lo hay, circunstancia que algunos intrépidos miembros aprovecharon para visitar el excusado mientras el resto se hidrataban y alimentaban con zumos y barritas energéticas (¡¡¡ay, los del excusado, luego pagarían con creces esta osadía!!!).

La ruta comienza en un bonito lavadero. Dado el calor que hacía este día y, más aún, el que se supone se avecinaba, algunos pensamos que hubiera sido mejor traerse un bañador y meterse en el agüita antes que lanzarse barranco arriba/barranco abajo por el Vall de Laguar.
Finalmente, desistimos de la idea y comenzamos la ruta, que estaba perfectamente señalizada: “esto, ejem, si por aquí no es, anda que vaya día llevamos hoy...., mejor damos la vuelta, ¿no?”.
A todo esto, vemos que una pareja sigue nuestros pasos (guiándose de nuestro supuesto conocimiento), por lo que decidimos -pensando en ellos- hacer acto de constricción y no equivocarnos más pues, como diría Spiderman, “un gran poder, conlleva una gran responsabilidad”.

Puestos ya en ruta por el camino correcto, se establece una pequeña discusión para ver quien es el responsable de contar los escalones (¿serán realmente 6.000, como se dice por ahí?) que componen la ruta. El narrador propone, para no dejar toda la responsabilidad en una única persona, que alguien se encargue de contar los pares y otro los impares. Su propuesta no es aceptada y, al no llegar a ningún acuerdo, no se cuentan los escalones. Eso sí, ya puedo adelantar que eran muchos, pero muchos, muchos.... Las disquisiciones sobre quien es el culpable del lamentable estado de los mismos, el ingeniero que los diseñó, el contratista que los construyó o la administración que no los mantiene, solo son comprensibles bajo un sol de justicia que ya comenzaba, nada más salir, a nublar nuestro correcto entendimiento.

A diferencia de otras rutas en que la secuencia es subida-bajada, subida-bajada, … en este caso era la contraria, dado que recorríamos barrancos, no picos: bajada-subida, bajada-subida, etc...
Así, comenzamos bajando nuestros millares de escalones, incómodos por la irregularidad de estos y la climatología, pero sin sufrir un cansancio excesivo.
Pero esto -como todo lo bueno- no duró mucho, y una vez llegados al lecho de lo que en algún momento pretérito fue un caudal de agua, comenzó la primera subida, mediante una escalera zigzagueante e interminable. Aquí, el grupo se dividió en tres partes: Pepe, que desapareció literalmente él solito, el grupo de vanguardia y el de retaguardia (de momento, por necesidades narrativas, ocultaremos la membresía de cada uno de ellos; baste decir que este humilde narrador iba en el primero de los grupos). Como anécdota, comentaremos que me percaté de que Antonio no llevaba botas de montaña sino deportivos; preguntado sobre esto, el interesado le dijo “como esta excursión es light, he decidido venir con deportivos” (“bueno -pensó para sí mismo el narrador- él sabrá”)
Tras un largo rato de subida, el grupo delantero llegó a una intersección del camino, casi al lado de la cumbre, donde esperó al grupo trasero y se produjo el reagrupamiento, a excepción de Pepe, que nadie había visto desde que saliera “escopetao” al comienzo de la ruta; ya comenzábamos a dudar de si realmente había venido o nos engañaba la mente (y, si había venido, ¿había tomado el camino correcto en la bifurcación?).

Comenzamos la segunda bajada, no dejando de buscar con la mirada a Pepe (para esto, no sé por qué, achinábamos los ojos y mirábamos más allá del barranco). Incluso llegamos a preguntar a un grupo de senderistas que iban en dirección contraria si había visto un chaval con camiseta azul, con la mala suerte de que eran alemanes y nos dijeron algo que no llegamos a comprender; como justa venganza, nosotros les dijimos un improperio, acordándonos de “la Merkel”. En resumen, Pepe no aparecía por ningún sitio, y esto comenzaba ya a preocuparnos.

En la bajada, la facción femenina que, ya podemos decirlo, iba en el grupo de retaguardia, acompañada por Miguel, se percataron de que Antonio iba en deportivos y le volvieron a preguntar por el tema, a lo que este, coherente, volvía a utilizar el adjetivo “light”: el rojo de la ira se unió al rojo del esfuerzo en los rostros de Isa y Victoria (recordad lo de “light”, queridos lectores, que tendrá más importancia según avance la trama).
Esta segunda bajada, con su segunda subida, aún teniendo algún escalón, era principalmente senda por un incómodo terreno pedregoso. Solo podemos decir que la segunda subida fue, también, de mucho esfuerzo: tal vez la más corta, pero no por ello la más suave, sino todo lo contrario por la pendiente y la dificultad técnica.

En este segundo cénit hubo una nueva reagrupación y, ¡oh, milagro!, también estaba allí Pepe: no nos engañaba la mente, había venido con nosotros por la mañana. Eso sí, ya se había tomado su plato de pasta rellena así como echado una cabezadita; en fin...
Los demás comenzamos a comer nuestros bocadillos recalentados por la inclemente meteorología acompañados por la sopa primigenia en que se había convertido el líquido que contenía nuestras cantimploras, mientras una pareja que había subido por otro camino en un 4x4 se tomaba sus cervezas fresquitas, recién salidas de su nevera; para colmo, el perro que traían intentaba comerse nuestras galletas: nuestra última reserva de azúcar para acometer la última subida de la jornada, y que por tanto defendimos con ahínco.

A “uno” del grupo se le ocurrió mirar detrás de la tapia que nos daba sombra (bueno, lo diré, ese “uno” era Pepe, que como ya había comido hace tiempo, se aburría y daba paseillos por allí) para martirizarnos con el descubrimiento de lo que se veía en lontananza, lo que nos faltaba, una subida larguísima (vamos, aún más que la “Autopista hacia el cielo” de Michael Landon; Isa, tú tendrás que mirarlo en el IMDB, que no es de tu época) a la que no se le veía fin.

Con paciencia y resignación comenzamos la tercera bajada y subida, con la diferencia de que este narrador decidió incrustarse en el grupo de retaguardia con vistas a poder escribir la rajocrónica desde todos los puntos de vista.
Como hecho destacable de la bajada, cuando las fuerzas aún daban para hablar, es la bonita disertación detallada y ejemplificada de los distintos métodos de depilación permanente (laser, diodo, etc..) que existen, con sus pros y sus contras, sus precios y sus descuentos, metodología y centros de aplicación, con que las “miembras” regalaron los oídos de los “miembros”.
Volviendo a la ruta en sí, comentar que tanto bajada como subida volvían a ser, completamente, una interminable retahila de escalones. En particular, la subida fue larguísima, con diferencia la más larga de las tres. Posiblemente era la más tendida, pero entre el cansancio acumulado, la longitud de la misma y que esta ladera nos dejaba completamente expuestos al sol, se hizo a un ritmo lento, intentado extraer la últimas fuerzas que ya no nos quedaban.
Esta narrador oía gruñir sin descanso a otra de las senderistas un ruido gutural, casi inhumano, que tras mucho procesar, descubrió que era algo así como “light, mecaguenlaleche, light....” al tiempo que intentaba determinar, sin atreverse a alzar la mirada, si los pájaros que sonaban sobre sus cabezas eran cuervos o buitres.
A mitad de subida el narrador estableció una teoría (influenciado sin duda por el nombre de la ruta, “El barranco del infierno”): tuvimos un accidente de tráfico en el viaje de ida, morimos todos y esto no era sino el infierno, condenados a subir una eterna secuencia de escalones bajo un sol de mediodía; la prueba sería que, cuando hubiéramos creído terminar, no estaríamos sino en el punto de partida para volver a comenzar; ningún componente de la retaguardia juzgó disparatada esta teoría, dada nuestra experiencia actual, y solo nos arrepentimos de lo malos que tuvimos que haber sido en nuestra vida terrena para merecer tal castigo, al tiempo que nos planteábamos si habría alguna posibilidad de volvernos buenos y piadosos creyentes para revertir nuestra situación.

Pero como, pese a todo, nada es eterno (cosas de la entropía), llegamos arriba todos, donde estaba esperando el grupo de vanguardia y nos reagrupamos de nuevo para, tras una breve caminata a orilla de la carretera en ligera pendiente descendiente, llegar a Fleix (durante este trayecto estuvimos a punto de ser atropellados dos veces por sendos coches alemanes conducidos por bellas señoritas de rubia cabellera; pensamos poner de nuestra parte y dejarnos atropellar, creyendo que sería una muerte dulce, pero recordamos el posible infierno que nos esperaba y decidimos saltar en el último momento a la cuneta con gran agilidad pese a lo castigado de nuestros cuerpos).
La banda sonora de la jornada apareció de forma inesperada en en esta parte final del trayecto, cuando caminado junto a la línea discontinua de la calzada, e inspirados por la larga marcha que habíamos sufrido, todos comenzamos a silbar instintivamente esta bonita melodía usada en un conocido gag de nuestra juventud: http://www.youtube.com/watch?v=hpJrKTVFVIM

Ya en Fleix, mientras rajábamos un rato, tomamos diversas bebidas reconstituyentes, con alto contenido en azúcar y cafeína que nos permitieran, como mínimo, poder manejar los vehículos en el viaje de vuelta. En este, la distribución de los viajeros fue idéntica a la ida; de nuevo, en uno de ellos (que tampoco diré esta vez cuál era), la facción femenina intentó hacer luz de gas a la facción masculina con un listado de colores de imposible existencia: rosa palo, blanco roto, gradaciones de violeta, etc.... y no sigo porque solo de pensarlo me mareo.

Llegamos al punto de salida Este, y el narrador da por finalizada la jornada y la crónica.

Pd.: tal vez deba pedir perdón por la longitud excesiva de la rajocrónica, cercana al ladrillo, pero bueno, Proust dejó que su “narrador” se extendiera durante 7 volúmenes de muchos cientos de páginas y ha pasado a la historia por ello, ¿por que no voy a poder yo extenderme durante un par de miles de palabras -bastante menos que los seis mil escalones? ;-)

Barranco del infierno - Público - (Fotos de Víctor)
Los datos estadísticos son:
Punto de partida: Desde Ondara (Alicante), cogemos la carretera CV-731 en sentido Orba. Tras llegar a Orba cogemos la CV-718 y a los 3 Kms cogemos la 721 sentido Fleix/Benimaurell . En Fleix dejamos los coches y comenzamos la ruta.
Distancia 16 Km
Desnivel acumulado 1000 metros
Tiempo empleado 4:30 horas de ruta
KCalorías consumidas 1300
Velocidad media 3,6 Km/h

El track de la ruta está disponible en el enlace http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=2611935

Y el mapa de la zona donde está la excursión así como la ruta seguida es:


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buena la crónica de Juan Ignacio, vista la longitud de la cual (perdón, quería decir de la excursión) me alegro un poco más de no haberme atrevido a "bajar al Infierno en un día soleado".
Seguro que me apunto a alguna excursión futura más "light" (emm, esto va sin doble sentido alguno, de verdad) :)
Saludos a todos,
Andrés.

Anónimo dijo...

Vaya excursión, al leer la crónica me he agotado como si hubiera estado allí.
JI, no sabía de tus dotes para la redacción de rutas senderistas.
Un saludo, JR.

Sir Peter dijo...

Qué gran crónica, se agradece savia nueva en la redacción del blog.

Lo de los escalones pares e impares es muy del narrador, genio y figura...

Anónimo dijo...

sigo pensando que fue algo "light". jajajajaj. Y tb se de uno que por segunda excursion consecutiva no se cayó, jijiji y eso que iba en deportivas.

Isabel López dijo...

Menos mal que el narrador se hizo el remolón para escribir la crónica, porque si llega a tener ganas... necesito pedirle una hora al jefe... Con las buenas criticas que has recibido, espero que te animes a seguir escribiendo :).

Víctor, estupendos macros, pero yo me acercaría más!! Pero que no te pique la abeja!